
Texto Bea Maeztu
En esta obra de Josep Pomés, el cuerpo femenino se convierte en un territorio de silencio contenido, en el que la mirada no se impone, sino que se retira hacia una interioridad que apenas se deja entrever. La figura, sentada sobre un lecho de blancos tensados y tierras amortiguadas, parece suspendida en un tiempo íntimo, ajeno al ruido exterior, como si la escena no buscara ser observada, sino escuchada en su latido más leve.
La composición, de una aparente sencillez, revela sin embargo una construcción rigurosa. El cuerpo se articula en una diagonal suave que ordena la percepción del espectador, desde la inclinación pensativa del rostro hasta la extensión serena y relajada de las piernas. Pomés deja respirar la forma a través de una pincelada suelta, vibrante, donde la carne se modela mediante transiciones tonales cálidas, casi táctiles. La luz no incide de manera dramática, sino que se posa con delicadeza, como un velo que acaricia la superficie y construye volumen desde la contención.
En este sentido, la herencia pictórica figurativa que atraviesa su trayectoria se manifiesta aquí de manera más introspectiva. Si en sus paisajes la luz se expande y conquista el espacio, en esta figura se repliega, se concentra en la epidermis, convirtiendo la piel en un campo de resonancias cromáticas. Los ocres, rosados y sienas dialogan con los blancos del entorno, generando una armonía que evita el contraste abrupto para instalarse en una cadencia casi meditativa, e igualmente escenográfica…. Leer + en Revistart 233