

Todos reconocen aquel bigote afilado, donde anidaban moscas de patas limpias, regadas por el Mediterráneo, los higos y la miel. Para el apuesto dandi gerundense del siglo XX, el arte debía de invadir lo cotidiano, incluso en días de tristeza o melancolía. Precisamente en esos momentos radiaba aún más, y la creatividad que afloraba, lo hacía de un modo directo, instintivo, pero sin olvidarse de retratar la belleza de los antiguos, y la vitalidad colorística de lo moderno.
Para Salvador Dalí (Figueras, 1904-1989) lo artístico podía impregnarse de cualquier disciplina, incluidas las novedosas artes de la imagen, como la fotografía o el cine, ya que, al fin y al cabo, solo eran instrumentos para reflejar nuestro inconsciente. Con el séptimo arte Dalí no solo fantaseó o experimentó, también creó un universo propio que le valió para convertirse en el surrealista más famoso de la historia.
Así, junto al otro español del grupo, Luis Buñuel, escribieron ‘Un perro andaluz’ (1929). Lo hicieron jugando, sin saber entonces que iba a convertirse en la película más influyente del momento, huella imborrable de aquellos años de entreguerras, duros y perturbadores, pero en los que también brillaban las ganas de revolucionarlo todo.
La renovación de la narrativa, marcada únicamente por los delirios y los sueños que habían sobrecogido en esos días a ambos amigos de la Residencia de Estudiantes en Madrid, convirtió la película en el símbolo del nuevo movimiento artístico que estaba engendrándose en París. El ojo atravesado por la navaja, las hormigas multiplicándose en una mano agujereada, los burros en descomposición... Leer + Revistart 230