Por Bea Maeztu
Miguel Viribay nos brinda la oportunidad de experimentar las delicias de un mundo fértil y atardecido, de un pueblo y sus costumbres manifestadas con sencillez y una naturalidad que abunda en el sentir andaluz.
Carnavales y olivos, urbanidades y campos extensos, orografías de un universo que lleva décadas interpretando con la dulzura de quien ama la tierra. La suya es una pintura que canta alabanzas, pero que rezuma plasticidad en una técnica perfeccionista, madurada y saboreada, sentida y vivida.

Hablar de este artista es viajar por años de reconocimientos. Podríamos dedicar este artículo a reseñarlos y aun así no abarcaríamos su extenso quehacer. Pero sí haremos mención a la pensión que obtuvo en 1964 de la Escuela Superior de Bellas Artes para asistir a los cursos de la Residencia Internacional de Pintores en la segoviana El Paular, donde obtuvo la Medalla de Oro; asimismo, en 1980 comienza a ejercer como catedrático de dibujo del Instituto ‘Huarte de San Juan’, de Linares (Jaén), y en 1992 fue nombrado consejero de número del Instituto de Estudios Giennenses, para el que sigue aportando arte y visión en la actualidad.
En 2002 fue elegido como académico de número para ocupar la plaza vacante correspondiente a la medalla nº14 de la Real Academia de Bellas Artes de Granada y, entre otras publicaciones, ha sido inmortalizado en el tomo XV del Diccionario de Pintores y Escultores Españoles del siglo XX, en La renovación plástica en Andalucía: desde el Equipo 57 al CAC Málaga…
Afanoso, discreto y trabajador, integra pasado y presente, inmortalizando sus imágenes como postales mutables que tejen historias. Juglar de la pintura, voz de diversas generaciones, es un testigo de honor que con ojo avezado nos comparte sus emociones sobre la vida y las gentes, manifestando un cálido abrazo que desde el trazo emerge. “Vitalista que antepone los sentimientos a las ideas”, como sugiere el poeta Molina Damiani... Leer + Revistart 216