En la exposición ‘Cayetana. Grande de España’, que tiene lugar estos días en el Palacio de las Dueñas de Sevilla, se le concede una merecida importancia a la alta costura. Entre las piezas, destaca un vestido de ‘cocktail’que se expone por primera vez y que perteneció a la madre de la protagonista: María del Rosario de Silva y Gurtubay. Realizado por Jeanne Lanvin hacia 1930, está confeccionado en seda con flores de nácar rematadas con pedrería en forma de perla. Se trata de una pieza muy representativa del carácter de su dueña, asentada firmemente en el espíritu hedonista y vanguardista de la época. El brillo de la malla trenzada del vestido es una magnífica metáfora del esplendor de los años previos a la Gran Depresión.
Hasta enfermar, la mujer de Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, XVII duque de Alba, fue una de las “reinas de la elegancia”, según crónicas de la época, asidua de las páginas de las revistas ‘Tatler’y ‘Vogue’. La vida social de los Alba en aquellos años veinte era muy activa, siempre vinculada al reinado de Alfonso XIII. Dieron grandes bailes en el palacio de Liria en honor de importantes personalidades internacionales, como el ofrecido en 1927 a los reyes de Italia, Víctor Manuel III y Elena de Montenegro. Atendían todo tipo de compromisos. Destacaron por aquellos años los derivados del comisariado que ejercía el duque de la Exposición de Barcelona de 1929.
Un año antes del nacimiento de su única hija, Cayetana, se inauguró en París la exposición que dio nombre al ‘art déco’. En aquella vorágine social, en una década efervescente que invitó al florecimiento de las industrias del lujo, la escena internacional rebosaba belleza, exotismo y ensoñación, como los interiores diseñados por Armand-Albert Rateau, que gustaban tanto a Lanvin como a los duques. Los “felices años 20” se habían caracterizado por el progreso tecnológico, el optimismo y la fe en el futuro. Esa alegría se transmitía con los tonos vibrantes, colores metalizados, el gusto por la simetría perfecta, el uso abundante de flecos, lentejuelas, ricos bordados y plumas que aportaban dinamismo al bailar.
Por aquellos años, Jeanne Lanvin dirigía una ‘maison’ en pleno apogeo: empleaba a más de ochocientas personas y contaba con veintitrés talleres activos. En 1926, a punto de cumplir sesenta años, había sido condecorada con la Legión de Honor como reconocimiento a su trayectoria... + Info