Dice san Juan Damasceno, que “Dios concede al icono una gracia divina en consideración de las personas representadas, porque está lleno de fuerzas divinas misteriosas”.
Desde el siglo XII, en el reinado de Alfonso X el Sabio, una imagen humilde, efigie lígnea y armónica con el Niño en brazos, se venera en un Santuario digno de la peregrinación de siglos, que reyes, prelados, escritores inmortales y personajes de toda condición han visitado durante siglos, ininterrumpidamente. Fue hallada en las sierras de Guadalupe (Extremadura) y las narraciones de sus múltiples milagros se extendieron por todo el orbe, y fue, y es, cantada por poetas desde los tiempos más remotos e inmortalizada en códices antiguos e incunables. Su nombre es universal y compartido en todos los lugares de la tierra.
Pero, con ser tan representativa su imagen, el más grande de los milagros, para el que tenga fe en la Madre de Dios, bajo esta advocación guadalupana se produjo al norte de la Ciudad de México, en las faldas del cerro de Tepeyac un 12 de diciembre de 1531, según recogen las crónicas de el ‘códice Escalada’ (1548), el ‘Nican mopohua’ (1556), el ‘Nican Motecpana’ (1590), el ‘Nican Tlantica’, el ‘Huei Tlamahuizolitica’ (1649) y muchísimo más que sería imposible enumerar aquí. Como sabemos, la Virgen María se aparece en cuatro ocasiones al indiecito Juan Diego con el encargo de la edificación de una iglesia en el mismo lugar de las apariciones. “Una casita” según le dice, humildemente. El obispo Juan de Zumárraga, muy incrédulo, pide una prueba. Florecen, allí mismo en el cerro, el milagro de unas rosas que María pide a Juan Diego que lleve al prelado; el chico las recoge en su ayate o tilma y al desplegarlas ante el obispo, se produce el prodigio que tan bien conocemos. El único autorretrato de la Virgen María y el primer selfie de la historia se plasma en la simple arpillera. El más bello. El más amado. “El nombre Guadalupe fue el nombre dado por la propia Virgen a Juan Diego, y declaró su nombre exacto como: “que bien así se le nombrara: “La perfecta Virgen Santa María de Guadalupe”. También, y según estudios realizados, nos cuentan que: “en 1929 el fotógrafo Alfonso Marcué González identificó la imagen de un hombre reflejada en el ojo derecho, por ello profundizaron el análisis en los ojos y en 1951 José Carlos Salinas Chávez descubrió un busto humano también en el ojo izquierdo; en 1956 el Dr. Javier Torroella-Bueno vio la curvatura del ojo al igual que en sus pacientes. Ese mismo año el Dr. Lavoignet, encontró el efecto Purkinge-Samson. En 1974 el Dr. Graue reportó que ve el fondo del ojo "como en sus pacientes vivos". José Aste Tonsmann en 1979 culminó años de trabajo donde descubrió 13 imágenes en los ojos de la Virgen y a Juan Diego como reflejo en el ojo de una de las imágenes”.
Recientemente, en las salas C y D del edificio Jerónimos, el Museo Nacional del Prado ha realizado una magna exposición, ‘Tan lejos, tan cerca. Guadalupe de México en España’, uniendo ambos países mediante el sagrado vínculo de la Virgen de Guadalupe. La Muestra ha sido comisariada por los doctores universitarios mexicanos Jaime Cuadriello (UNAM) y Paula Mues Orts (INAH), además de la estrecha colaboración de la Comisión Arte Virreinal de la Fundación Amigos del Museo del Prado y el patrocinio de Rassini... Leer + Revistart 230