Como en otros muchos ámbitos y muy especialmente en el artístico, la irrupción desde hace algún tiempo de la inteligencia artificial en nuestras vidas comienza a conquistar un territorio hasta ahora virgen también en el mundo de la música.
Es indudable que esta llegada abre nuevas puertas, generando inéditas oportunidades y ofreciendo una imprevisible ayuda a músicos, intérpretes o compositores, aunque también venga cargada de incógnitas y esté comenzando a alimentar ciertos miedos y dudas ante una invasión que sin duda fijará un antes y un después a su comparecencia.

Habrá, por tanto, que ir aceptando, como no puede ser de otra manera, este revolucionario advenimiento, como nos hemos ido acostumbrando a la aparición de cualquier innovación tecnológica, y seguramente lo más sensato será considerarla mucho mejor amiga que enemiga, convirtiéndola en una interesante aliada de cara a desarrollar un determinado proyecto musical, intentando minimizar los posibles perjuicios que pueda provocar.
A este respecto, quizás lo más esencial en el apartado negativo que pueda acarrear la irrupción de la inteligencia artificial será desterrar de la circulación todo aquello que pueda suponer un fraude mediante el uso y el abuso de los legítimos derechos del trabajo ya realizado por la natural creación humana, plagiando sus obras.
Si nuestro ordenamiento jurídico ya defiende al compositor del plagio ajeno de otros autores tan humanos como él mismo, es obvio que también deberán existir leyes que defiendan a los creadores de la copia de su obra que pueda acometer cualquier otro ente con inteligencia, en este caso, el artificial. Una máquina nunca podrá ampararse en su falta de humanidad para apropiarse del trabajo ajeno. Así deberán entenderlo los legisladores, elaborando cuanto antes las leyes oportunas y precisas que defiendan el trabajo humano de este tipo de inteligencia y, naturalmente, prohibiendo el lucro procurado mediante esta utilización fraudulenta de creaciones ajenas... Leer + Revistart 225