Uno de los estribillos que adornan periódicamente mi reflexión sobre la práctica del arte es una definición que formulara Antonio Saura: “lo bello es lo intenso”. Lo hizo en una conferencia dentro de los actos de celebración del 150 aniversario de la Escuela de Magisterio de su ciudad natal, Huesca, en 1992.
Desligar la belleza de todo lo que tenga que ver con el formato, el procedimiento, incluso el autor de la obra, y centrarla exclusivamente en la capacidad de mover el interior del espectador porque la pieza ha adquirido la intensidad precisa. Me parece una de las mejores aproximaciones a la definición de arte que he podido aprender a lo largo de los años y que he usado con frecuencia.

Creo que es aplicable también a los espacios expositivos. Con independencia del volumen que utilizan, grandes salas o recoletos rincones de una librería, pongamos por caso solo transmiten belleza cuando resultan contenedores de piezas que gozan de esa intensidad que el maestro en la teoría y la práctica de la pintura, que nos dejó hace veinticinco años, promulgó como tal. Dispuestas de forma que amplíen la penetración de la obra en el espectador.
Llena de trabajos de Isidro Ferrer, la pequeña sala de la librería Anónima de Huesca ha adquirido una intensidad evidente. Llegado desde el arte dramático, una enfermedad, como en el caso de Saura, le condujo al diseño en el que se estableció definitivamente en los años ochenta. La belleza de sus creaciones fue hace tiempo reconocida con el Premio Nacional de Diseño en 2002 o el Nacional de Ilustración en 2006,... Leer + Revistart 219
Por Fernando Alvira