Cuando paso bajo los cedros que custodian la estatua de Velázquez me saludan los cielos de todas las miradas, de todos los matices. ‘Poesías’ en movimiento que ofrecían a los reyes los pintores sin corte para solaz didáctico, cuando no existía el cine ni la libertad de los vientos de todas las orillas. El esplendor barroco se funde con la gloria de una España que ofrece un Arte que acongoja por su pura belleza inalterada. Paseo por las salas sin fronteras, me detengo en las obras de El Greco. De incisiva y penetrante psicología utiliza los símbolos de la Contrarreforma con dramatismo y fuerza otorgándole un inusitado protagonismo a la ciudad e incluso a las nubes que van formando arrugas y estrías en el cielo como si desearan escapar de los pinceles, del propio lienzo y de los edificios.
Pensativos, los diferentes rostros que el artista plasmó vuelven ligeramente la cabeza hacia el que los contempla, o bajan la mirada reflexiva y parecen interrogar desde la hondura, o meditar sobre conceptos eternos recortados sobre el telón de fondo de los aconteceres. Cuando los contemplamos aún giramos con ellos envueltos en las mismas incertidumbres.
El Greco es una voluta caligráfica que eleva el pensamiento y hace reflexionar. La sombra huidiza que crepita en la luz, una luz que proviene de otras fuentes, otras edades y otras épocas pero que se abre paso hacia el futuro con una energía subversiva y simultánea que traspasa conciencias y actitudes desde el propio dolor de la creación, el gozo de vivir, y la extrañeza.
Velázquez es uno de mis pintores favoritos. Sevillano Velázquez, acostumbrado a calibrar la vida desde las dos vertientes de su ciudad: Escaparate y fondo, intimidad que hurta celosamente claves, espectáculo único mostrado sin reservas. Casi táctiles, casi etéreas, casi realistas, casi abstractas, respiro en estas obras sobre el líquido asombro de cielos surcados por matices de serena belleza... Leer + Revistart 226