El legado del artista británico Alexander McQueen (1969-2010) es, desde el punto de vista intelectual, enormemente rico, coherente y atractivo. Su obra tiene un contenido cerebral y espiritual conectado al apogeo de la estética de lo horrendo y lo terrible, que había ido desarrollándose desde fines del siglo XVIII, perfilando una nueva sensibilidad afín a la de cualquier diletante medievalista. Una nueva extravagancia que fue bordeando el tiempo, emergiendo en voces muy concretas.
La esencia de esta suprema belleza maldita está presente desde su primera colección, poniendo de manifiesto que esa sensibilidad gótica, tan de novela de terror inglesa de fines del XVIII, le era congénita, como una herencia de la tierra o, mejor dicho, de la esfera común de lo subterráneo. Sin embargo, se aprecia en su trayectoria una evolución ascendente en la depuración de los conceptos, en la búsqueda de lo más sublime, tanto en la calidad técnica y estilística de sus prendas como en la puesta en escena de todos sus desfiles.
En conjunto, su obra es desde el principio un grito desgarrado. Unas colecciones con una fuerte carga emocional, una perfección técnica inusual, tanto suya como de los colaboradores que él iba escogiendo, un conjunto armónico y pulcro, que le sirviera a él para reorganizar su caos interior y para materializar esa sensibilidad tan especial y tan sublime que tenía, y que le permitía rozar continuamente el cielo y el infierno, apoyado en un consumo desaforado de drogas, de relaciones complicadas y destructivas y, en el fondo, de una búsqueda de algo que aliviara la intensa angustia que sentía. Era esta, sin embargo, el motor de toda su máquina de creatividad... Leer + Revistart 231