Jorge Gay, uno de los pintores aragoneses indiscutibles de este periodo inter milenario y alborotado que nos ha tocado en suerte, definía a Alberto Carrera Blecua con motivo de una de sus exposiciones, a caballo entre la zaragozana Escuela de Artes y la Galería Alfama, como uno de esos artistas que cumplen con su destino. De los que todavía, ¿por qué no?, confían en el gesto de pintar y tienen la necesidad de aprender siempre. Lo consideraba vinculado al grupo de quienes, aun conociendo punto a punto el transcurso de la modernidad, de la historia contemporánea del arte, o por eso mismo, hacen lo que deben hacer, esto es, lo que les da la gana, incluso que haya sido hecho anteriormente por otros. Él solo busca encontrar su propia voz, distinguirla y fortalecerla, intentando desbaratar el rompecabezas de la historia impuesta, desentendiéndose del final de esa carrera ingenua que fue y sobre todo ha sido la irremediable sucesión de ismos a la que se han visto abocados los pintores del siglo XX.
Alberto vivió deprisa y tomó el viaje durante mucho tiempo como esencia de su vida hasta dejarnos excesivamente temprano. Removió sin demasiadas contemplaciones la mente y la mirada de sus conciudadanos desde el momento en que decidió dedicarse a este oficio que tan poco porvenir parece que tiene ahora mismo en que el gesto de pintar y el aprendizaje a largo plazo están absolutamente devaluados.
Una de sus primeras exposiciones, El Viaje, entre la Diputación de Huesca, las calles y la antigua estación de autobuses, denunciaba a gritos la pintura que llenaba casi quincenalmente las crecientes salas de la ciudad y dejaba claro que lo importante del trabajo del pintor no era la realidad, sino la pintura, y que el azar está muy presente en la realización artística... Leer + Revistart 229