De siempre he defendido la necesidad de que un tipo de crítica o comentario sobre las exposiciones y, en general, sobre cualquier obra artística, se haga pensando en quien se asoma por vez primera a ese campo. Lo planteé a la Asociación Española de Críticos de Arte (AECA) en el congreso que se celebró en A Coruña hace algunos más de treinta años. Los mismos que estuve en la Didáctica de la Expresión Plástica en la Universidad de Zaragoza (que algo habrán tenido que ver para que siga manteniendo esa opinión cinco décadas después).
Los espacios en los que se exhibe el arte han constituido de igual modo otra de las constantes en las reflexiones sobre el arte que he firmado con diferentes seudónimos y compartido con supuestos lectores en diversos medios, sobre todo escritos, desde un lejano noviembre de 1976 en la Nueva España de Huesca. Las salas de arte se multiplicaron en esa y en la siguiente década en la ciudad vertiginosamente y desaparecieron a simétrica velocidad. Las condiciones espaciales que reunían no eran en todos los casos las más adecuadas.
Tras un fracasado intento de visita hace unos pocos días al Museo de la hermosa estación de Orsay, sobresaturada de visitantes a los que me temo la pintura les debía importar bastante poco, y si les interesaba, no la veían por la imposibilidad física que aportaba un espacio abarrotado y agobiante, vuelvo a reclamar un entorno adecuado para la exposición de la pintura. La grande, pero también la que goza de menos consideración por parte de los expertos. Algo hay que hacer con los museos, tanto en las salas permanente como en las grandes exposiciones temporales que provocan un flujo de visitantes inaguantable.
Por eso traigo a estas páginas la sorpresa que me pude llevar visitando hace unas pocas semanas la Urban Gallery en Pastriz, pueblo de poco más de mil doscientos habitantes a menos de veinte kilómetros de Zaragoza, fuera de las grandes rutas habituales...